EL HUAQUEO El huaqueo o huaquería es la excavación clandestina en sitios arqueológicos con el propósito de extraer bienes culturales. Se trata de una actividad ilegal y altamente destructiva que la ley castiga. La ley señala que los bienes culturales no descubiertos, integran el Patrimonio Cultural de la Nación, y los que fueran descubiertos en predios de propiedad privada, son propiedad del Estado, pues se busca proteger el pasado común de todos los peruanos. Los huaqueros nos roban trozos que son episodios de nuestro pasado.
A lo largo de miles de años, se desarrollaron y evolucionaron en el Perú diversos pueblos que enfrentaron de varias maneras el reto de la existencia y la supervivencia. Estos pueblos no tuvieron escritura y lo único que nos habla de ellos y de cómo eran son los objetos que elaboraron, las obras que edificaron y los lugares en donde vivieron.
Los arqueólogos investigan estos sitios con sumo cuidado, pues solo se pueden excavar por una única vez. Y esto debe ser bien hecho, porque después de la primera excavación toda la información que obtenemos del lugar queda alterada para siempre.
Por ello es muy importante conservar y documentar el contexto, es decir, hacer croquis y dibujos que reflejen la ubicación y posición de cada objeto (inorgánico u orgánico) dentro del conjunto general, así como la relación de todo lo existente entre sí. Los arqueólogos trabajan las excavaciones, según los contextos, por capas o estratos que nos enseñan la manera cómo fue ocupado un sitio y lo que allí sucedió, apuntando, fotografiando y describiendo minuciosamente todo lo hallado. Hasta el fragmento más pequeño, sea de material inorgánico u orgánico, puede ser muy importante, la pieza del rompecabezas que faltaba. Se necesita recuperar todos los datos e informaciones que nos ayudan a interpretar cómo vivieron, cómo se relacionaron entre sí y cómo murieron las personas que habitaron nuestra tierra, siglos atrás.
Los huaqueros destruyen toda esta valiosa información, pues solo les importa el valor monetario de las piezas que encuentran y venden; lo que les parece inútil lo botan y destruyen. Debemos tener en cuenta que cuando un objeto está enterrado y es sacado de pronto a la superficie, el medio ambiente empieza a afectarlo de inmediato; primero lo hace en forma invisible pero, con el pasar del tiempo, los daños empiezan a notarse y se van agravando. Por eso los arqueólogos someten cada pieza que sacan a un tratamiento de conservación. Los huaqueros, en cambio, no piensan en el futuro de la pieza; sólo les interesa venderla al mejor postor.
Por increíble que parezca, sin embargo, el beneficio económico que obtienen por las piezas huaqueadas es mínimo; ningún huaquero se hace rico, pues las ganancias son exclusivas de los intermediarios. Los pueblos y comunidades donde se encuentran estos sitios arqueológicos, en cambio, se empobrecen por la destrucción de su historia y los habitantes pierden la posibilidad de que su patrimonio, bien conservado, pueda convertirse en una fuente de ingresos futuros a través del desarrollo del turismo cultural, por ejemplo; mientras tanto, los objetos huaqueados se dispersan en colecciones del Perú y del extranjero.
EL ROBO SACRÍLEGO Se trata de robos y/o hurtos realizados en iglesias, conventos, monasterios y lugares de culto en general. Este tipo de robo es un problema particularmente grave al interior del país, donde las iglesias son despojadas de todo lo que constituye su legado espiritual y religioso.
Cuando la religión católica se introdujo en el Perú, los pueblos indígenas tomaron las nuevas creencias e imágenes y las adecuaron a sus propios rituales. Así, por ejemplo, la veneración actual del Señor de los Milagros tiene parte de sus raíces en el ídolo prehispánico de Pachacamac; ambas imágenes están vinculadas por la creencia de una protección divina contra los sismos.
Las iglesias coloniales, los objetos y bienes culturales que contienen, significan un campo de estudio muy importante para los investigadores, ya que no sólo estudian lo más obvio (quién pintó o esculpió determinadas figuras, cuándo y cómo las crearon, qué representan, etc.), sino también la larga relación que existe entre los pueblos y la religión, la forma en que evolucionaron y se desarrollaron sus creencias y cómo se integra todo esto a la vida de los actuales pobladores.
Los pueblos, además, mantienen un vínculo muy estrecho con sus imágenes. Durante decenas y, a menudo, centenares de años éstas han presidido momentos muy importantes de sus vidas: están presentes en bautizos, comuniones, confirmaciones, matrimonios, misas de difuntos. Los abuelos, sus padres y sus antepasados han orado ante ellas, han pedido favores y ofrecido retribuciones en agradecimiento.
Por lo tanto, el ladrón sacrílego no comete un simple robo o hurto: comete una grave falta contra la espiritualidad y la moral del pueblo.
LOS FENÓMENOS NATURALES Los terremotos, inundaciones, huaycos, lluvias torrenciales, así como otros fenómenos naturales son comunes en nuestro territorio; sin embargo, no se trata sólo de desastres naturales en sí mismos, sino que estos fenómenos tienen efectos destructivos cuando se producen en zonas pobladas, que no están preparadas para contrarrestarlos. Sin embargo, si estamos adecuadamente preparados, es posible reducir o mitigar los daños provocados, evitando así que el desastre sea mayor y se torne inmanejable.
Al igual que las personas y las construcciones modernas, los bienes culturales se hallan en situación de riesgo ante estos desastres naturales, dependiendo de las características particulares de la localidad geográfica en donde se encuentran. Las lluvias torrenciales e inundaciones provocan el colapso inmediato de partes importantes de los edificios de adobe y quincha, y pueden ocasionar el derrumbamiento total cuando los daños no son reparados a tiempo. Los terremotos son particularmente destructivos, tal como lo vimos el año 1970 en Ancash y el 2001 en Arequipa, Moquegua y Tacna. La simple exposición a la intemperie causa erosión y deterioro en los sitios, monumentos y bienes culturales no protegidos adecuadamente.
En caso de desastre, la principal preocupación es la vida humana. Una vez que el peligro ha pasado, sin embargo, debemos tratar de reparar los daños y retomar nuestra vida normal, intentando preservar de la mejor manera posible lo que ha quedado y hemos heredado de las generaciones anteriores a la nuestra. Debemos reconocer la importancia de asegurar la continuidad de la vida, y que es fundamental para ello, conservar nuestra memoria, no sólo la personal e inmediata, sino también aquella memoria colectiva, que nos remite al cuándo, por qué, dónde y cómo sucedieron los eventos en nuestra región y comunidad.
Recordemos que los bienes culturales son, por su misma antigüedad y condición, sumamente frágiles. Si tenemos la posibilidad de repararlos, es posible que el trabajo cueste mucho dinero, ya que debemos recrear algo que existió hace muchos años y que fue creado con técnicas y materiales difíciles de reponer o de imitar. Lo mejor, en estos casos, es prevenir los posibles daños y reducir al mínimo el posible deterioro, evitando así el costo excesivo de la reparación o la pérdida irremediable de un inmueble u objeto que duró mucho, mucho tiempo, y que por falta de previsión se destruyó para siempre.
EL VANDALISMO Las acciones de vandalismo contra bienes culturales presentan muchas formas y pueden ser intencionales o no, pero los daños que causan pueden llevar a la destrucción del bien.
-Actos de vandalismo, como pintas, inscripciones o el pegado de carteles, son formas de expresión nefastas que afean edificios, calles y hasta cerros. Pero hechas en un bien del patrimonio cultural, suelen ser particularmente destructivas. Los componentes de las pinturas y pegamentos modernos pueden afectar seriamente los antiguos materiales de construcción de estos inmuebles y las inscripciones o rayaduras pueden dañar las edificaciones para siempre. Hasta las piedras se malogran, especialmente si es necesario usar algún solvente para limpiarlas.
Por otro lado, estos monumentos son mantenidos y limpiados, en su mayor parte, con dinero de los contribuyentes. Repetir una y otra vez la limpieza debido al vandalismo no sólo implica un mayor desgaste del monumento sino que, además, la utilización de dinero que podría invertirse en la conservación de más bienes culturales.
Cuando son descuidados, los visitantes de museos, sitios y monumentos pueden causar destrozos acumulativos de manera inadvertida. Si un letrero indica "no pisar los jardines" es porque esta acción malogra el césped ¿verdad? Por esta misma razón, cuando los bienes culturales son expuestos al público, debemos respetar los letreros que indican "no tocar", "seguir los senderos" o "prohibido tomar fotografías" y cualquier otra disposición, con objeto de proteger dichos bienes. Los padres de familia, profesores, guías y toda persona responsable de un grupo deben preocuparse por el buen comportamiento de los integrantes del mismo.
Los sitios, monumentos arqueológicos y museos no son basurales. La basura no solo afea el entorno sino que, además, los restos orgánicos e inorgánicos contaminan y pueden atraer plagas de insectos y roedores que atacan y dañan los materiales de los que están hechos los bienes.
Las invasiones son un acto de vandalismo organizado a gran escala. Aunque existe un grave problema social y económico relacionado con la falta de vivienda en el Perú, invadir un sitio arqueológico no va a resolver tal situación. Los bienes culturales prehispánicos que integran el patrimonio cultural de la Nación, descubiertos en predios de propiedad privada, son propiedad del Estado, es decir, de todos los peruanos, y cuando las personas los invaden, destruyen toda la evidencia patrimonial, robándole la historia al país. Esta propiedad común contiene gran cantidad de restos arqueológicos, de modo que no se trata de terrenos libres para la disposición de cada quién, sino que constituyen el patrimonio común de todos los peruanos.
La ocupación de sitios arqueológicos está prohibida por ley, constituyendo el delito de usurpación. Siempre es necesario fijar un perímetro o zona protegida alrededor del sitio o monumento, para garantizar su defensa. Únicamente el INC está capacitado para determinar la amplitud de dicha zona y, por lo tanto, para decidir a partir de qué punto se inicia el área intangible, es decir, el área que no se puede ocupar.
LA MODERNIDAD La conservación del patrimonio cultural no se contrapone al progreso o al desarrollo tecnológico; por el contrario, los adelantos e innovaciones científicas nos permiten cuidar y administrar nuestros bienes culturales de una manera más eficiente: existen programas informáticos para gestión de bienes culturales, mejores métodos y técnicas para la conservación y restauración, y análisis e instrumental más efectivo para la investigación.
Hay muchas personas, sin embargo, que no comprenden bien la idea de modernidad y piensan que es más importante construir una carretera que conservar un sitio arqueológico; que sería bueno ampliar la iglesia demoliendo una capilla antigua para reemplazarla por un edificio de concreto; o que no ven la finalidad de guardar viejos documentos que ocupan demasiado espacio. Estas y otras conductas parecidas son un error gravísimo que produce daños irreparables.
Es muy importante entender que el patrimonio cultural no es el amontonamiento de lugares y cosas "viejas", pasadas de moda y que no tienen valor. O, por el contrario, que sólo lo "bonito", de material noble y piedras preciosas tienen valor. Todos y cada uno -aún el más pequeño fragmento- de los bienes culturales que componen nuestro patrimonio material e inmaterial son necesarios para comprender el pasado. Y el pasado es importante porque nos da ejemplos, experiencias y argumentos para gran parte de las decisiones que hacemos en el presente; al mismo tiempo, nos permite crearnos un sentido de identidad, de pertenencia y una razón más para vivir y trabajar por nuestra familia, nuestra localidad, nuestra región, nuestra Nación.
Es por ello que es erróneo creer que lo nuevo es mejor, o que lo nuevo y lo antiguo son incompatibles. Precisamente, la supervivencia de bienes prehispánicos, coloniales y republicanos hoy en día nos enseña que sí es posible contar con lo último en tecnología, por ejemplo y, al mismo tiempo, resguardar el legado de tiempos idos. El progreso es un instrumento que nos permite una mejor conservación del patrimonio cultural, no es un arma para destruirlo.